Blog CUENTO: La despedida.

CUENTO: La despedida.

Me vi
caminando por la orilla de una hermosa playa al atardecer.
Me
dirigía a trabajar a una residencia de ancianos que se encontraba enclavada a
unos cien metros de la orilla del mar. Cuando entré, tuve que tener cuidado en
el acceso al interior, no me percaté de cómo era el lugar. Una vez dentro
observé que paredes, puertas y ventanas las formaban cientos de conchas marinas
de todo tipo, ajustándose a las formas.
Más
tarde, entrada la noche, cuando me dirigía a casa caminando descalza por la
orilla del mar, pude observar destellos de luz circulares que brotaban de sus
ventanas y fue entonces cuando vi que la residencia era
una colosal caracola. ¡Qué edificio tan hermoso!, que original.
Trabajaba
como enfermera, atendía sus cuidados, curaba sus heridas. De entre todos los
ancianos, había una abuelita de cabello blanco. Apenas andaba, tenía
movimientos muy lentos y precisaba la ayuda de una monjita de blanco
uniforme para desplazarla. Día tras día la abuelita iba apagándose. Su
pálida piel reflejaba cercana su despedida.
La abuelita
se fue llenando de heridas que yo curaba. Días después pude observar a un
caballero mayor, vestido de traje y aspecto elegante, que con ternura la cogía
de la mano. Hice mención a las monjitas, preguntando quien era el caballero que
no se separaba de la ancianita. La monjita me miró sorprendida y observé que no
entendía mi pregunta. Ella veía a la ancianita sentada en su sillita de ruedas,
sola y apagadita.
Al
insistir en que veía a un caballero que respondía con cálida sonrisa, la sor,
puso al corriente al resto de monjitas y ninguna de ellas veía al caballero que
acompañaba a la ancianita.
Días
posteriores observé un sinfín de preparativos en los que participaban
trabajadores y ancianos de la residencia. Ensayos, idas y venidas y un
permanente cuchicheo entre residentes.
Monjitas,
médicos, enfermeras, ayudantes, todo el personal estaba tramando
una fiesta. Lo presenciaba sin preguntar, observando cada paso, cada
movimiento con mutismo absoluto de cuanto se preparaba.
La
abuelita se iba, se apagaba día tras día. Supe a través de la mirada de su
compañero que se iría pronto, que había venido a acompañarle en el trayecto,
cruzar hacia la otra orilla. Los ojos del caballero decían que su partida no
debiera de ser triste, que debiera de ser alegre y acompañado de aquello que
más apreciaba en la vida.
La
abuelita había sido profesora de música, tenía especial sensibilidad por 
Mozart.
Una
mañana cuando llegué, me encontré a la ancianita sentada en su silla, junto a
su inseparable caballero, cogidos de la mano en los últimos días. Ella no podía
levantar su cabecita para mirarme, pero supo que había llegado la enfermera que
curaba sus heridas. El caballero levantó su cabecita, ella me miró con una
sonrisa. Su mirada me cautivó, sentí ver en sus ojos con certeza que sería su
último día.
Centré
toda mi atención en ellos y me percaté que se iniciaba la fiesta de su
despedida. Junto a la pareja rodeada de ancianos y trabajadores, en el salón
vestido de  teatro, las luces se
apagaron y puertas y ventanas se cerraron. Sentados a oscuras, sin ruidos ni
movimientos, durante minutos, todos callaron y suavemente comenzaron a oírse
las primeras notas. Segundos después suavemente fueron entrando luces de diferentes
colores. Primero rincones, después, poco a poco la luz dejó ver las vestiduras
y siluetas del teatro ¡La sorpresa fue grande!
Toda la
orquesta iba vestida de fiesta, vestidos con trajes de payaso. El
director como si fuera un títere dirigía la banda de músicos. Fue tal mi
sorpresa que empecé a reír, qué magnífica despedida. Las obras de música que te
apasionaron en vida, oírlas y verlas representadas en un  concierto de payasos, regalándote en tu última
hora de existencia alegría.
Recuerdo
al terminar la jornada salir de esta hermosa experiencia  regresando descalza por la playa, sandalias
en mano, sonriendo de haber participado en una bella experiencia.

Pensaba,
quizás que pudiera encontrar alguna perla que hubiera sido olvidada cuando se
construyera la carabela y comencé con los pies airear las  micro-esferas que dan cuerpo a la arena…fue entonces
cuando sentí caricias bajo los pies, el suave roce de minúsculas perlas.
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