Blog CUENTO: Nina (I) Los Reyes Magos.

CUENTO: Nina (I) Los Reyes Magos.

Los cuentos se guardan en rinconcitos profundos dentro de nosotros. Los
recuerdos, son guías de viaje hacia un mundo mágico, nuestro, donde es posible
vivir aventuras y alcanzar deseos.

Antes…hace
mucho tiempo Los Reyes Magos llegaban de noche. Venían tan cargados de juguetes
que se transportaban en enormes camiones, y en aquellos lugares donde no había,
las alforjas de burritos se cargaban de paquetes, repartiendo casa por casa en
una sola y larga noche a cada niño un solo juguete. Por aquel entonces daba
igual que los Reyes Magos vinieran cargados con cientos de regalos, siempre
tocaba a uno y cada paquete llevaba escrito el nombre del niño a quien iba
destinado.

Nina,
Navidad en el cole
Nina
recordaba recibir su primer regalo de Reyes Magos de Navidad en el colegio.
Cada año, un mes antes de que se acercara la fecha, daban aviso a los niños
para que fueran pensando que deseaban. No podían pedir más que uno, por
tanto debían someterse a profundo análisis, no podían equivocarse, debían tener
muy claro su deseo, de lo contrario debían esperar la llegada de su regalo en
la próxima Navidad.
Los
paquetes venían envueltos en bellos papeles de múltiples colores, dibujos y
formas. Nina sentía dolor abdominal al verlos rotos y arrugados, recordaba las
infinitas veces que tuvo que contenerse de ir corriendo a salvarlos de la
papelera. Al no ir a por ellos, los memorizaba. Más tarde proyectaba su
mente y dándoles vida creaba su escenario de luces, dibujos
y colores como si fueran marionetas.

Nina y
los Reyes Magos
Nina
recordaría siempre el día que recibiría por primera vez a los Reyes Magos. En
el gran salón se agruparon cientos de niños y uno a uno al llamarlos por su
nombre, se iban acercando a recoger su paquete y dar las gracias… también un
beso en la mejilla al Rey Mago.
El que
llevaba el regalo de Nina era un gigante de pelo blanco y gran barba rizada.
Llevaba una corona dorada y vestía brillante tela. Su potente voz dijo en alto
su nombre.
Que un
ser mágico le hablara y regalara lo anhelado, convertía ese instante en
celestial. Temblorosa ante la voz masculina se acercaba despacio a recoger su
regalo. Entonces una fuerte emoción la cubría haciéndole temblar las piernas
con riesgo a caer en el corto paseo a la tarima. Más que recogerlo, la afligía
oír y ver escrito en el papel de su regalo, para Nina.
Nina
se quedaba hasta el reparto final, ¿Qué haces aquí?, le preguntaba la monjita
¿es que no deseas ir a jugar con tu muñeca? a todo decía sí, pero seguía
sentada, no se levantaba de la silla.
Cada
año su objetivo era ver si los juguetes y repartos cuadraban. Todos los niños
salían rápidos del gran salón al momento de recibir su regalo, pero Nina, una
vez lo recogía, se quedaba sentaba hasta el reparto final, por si acaso quedaba
algún juguete por repartir, alguno olvidado o dejaran parte de algún juguete
(caballito, indio, un neceser de muñecas), algo más que llevarse, pero nunca
tuvo suerte, ni halló juguete suelto ni juguete roto.
Nina
cada año cuando se acercaba Navidad y la monjita decía ir pensando lo que
queréis pedirle a los Reyes…Nina no tenía que pensar lo que deseaba porque
siempre lo supo, siempre deseó lo mismo. Los primeros años las monjitas no se
atrevieron a contradecirla al verla tan segura, por tanto trasmitían su
petición a los Reyes Magos y año tras año, hasta tres veces trajeron su
demandada caperucita roja de trapo.
Esponjosa…confeccionada
en tela. Su cabecita y cuerpecito tupidos, vestida de algodones blancos y suaves
lanas rojas. Sus delgaditas piernecitas las abrigaban medias de punto con aros
de colores. Sus lindas zapatillas de paño grueso color granate, tipo duende,
cubrían sus frágiles talones y pequeñitos pies. Llevaba una pequeñita gorra de
oscuro paño cobrizo que cubría el frontal de su linda cabecita. Su suave
cabello rizado castaño oscuro lo recogían dos largas trenzas que le llegaban a
la cintura atadas por rubios lacitos de raso. También llevaba un pequeño
delantal color calabaza con dos bolsillos a los lados y de su bracito derecho
colgaba una pequeña cestita  marrón color tierra. Era perfecta, lo tenía
todo.
Al ser
toda de tela era maleable, no pesaba nada, se podía lavar, doblar, llevar a
cualquier parte, esconderla en cualquier rincón, llevarla contigo bajo la ropa
interior y sobre todo meterla contigo a la cama. Daba igual que durante noches
sufriera apretujones y contorsiones, a la mañana siguiente estaba nueva y no
dejaba moretones.
Nina
añoraba a su amiga fugaz…los Reyes venían por unos días y se los llevaban
rápido. No entendía cómo desaparecía su muñeca sin dejar rastro a los pocos
días de tenerla en su regazo. Al no poder disfrutarla, año tras año veía la
necesidad de volverla a pedir hasta que la cuarta vez que las monjitas le
oyeron mencionar de nuevo la muñeca roja se plantaron y le dijeron que NO.
Puedes pedir cualquier juguete, cualquier otra cosa, otra muñeca diferente,
otra, pero no a caperucita roja.

Nina
enmudece, clama su regalo
Nina
se sintió perdida. Al oír que no obtendría su deseo, dejó de hablar (y eso que
Nina hablaba muy poco). Quedó muda, no emitía palabra ni pedía nada. Iban
pasando los días y Nina callada, así que las monjitas insistían varias veces
pues se acercaba la fecha. Al final, al sentirse asediada pues las monjitas no
querían que se quedara sin regalo, aprovechó la insistencia y después de varios
días sin hablar soltó con firmeza “quiero una caperucita roja de trapo”, y otra
vez de nuevo las monjas se la denegaron.
La
monjita encargada de recoger dinero para apadrinar niños en África, se acercó a
hablar con ella, convencerla para que eligiera otro juguete. Ese año Nina había
apadrinado una niña a la que había puesto su nombre. Enojada, sin desear nada
más que su muñeca de trapo, en un arrebato, sin saber porqué pidió una muñeca
negrita como las estampitas del Dómund.
Cuando
llegó el día y el grandullón Rey Mago vestido de raso largo y corona de joyas
dijo en alto su nombre, Nina, al ir hacia la tarima para recogerlo cae al suelo
y le fallan las piernas al ver en sus manos una caja grandota. Recordaba muy
bien el tamaño y forma de la cajita de caperucita y guardaba la esperanza de
volverla a ver. El paquete que llevaba el Rey Mago superaba en cinco veces el
tamaño esperado.
Las
monjitas optaron por encargar la muñeca grande al no encontrar una negrita. 
Cuando
Nina abrió la caja se sintió en total desamparo. La muñeca tenía el tamaño de
bebé de varios meses, regordeta y cabellos rizados. Si al menos hubiera sido
blanda toda ella…pero no, además de ser tan grande como Nina, su cuerpo frío y
duro le impedía llevarla todo el día con ella y sobre todo, meterla en la cama,
aunque la podía sentar y movilizar los brazos.
Nina
salió llorando del salón donde daban los regalos, dejando la pepona sentada en
su silla. Las monjitas fueron detrás para hacerla ver que era bonita, pero su
tamaño, rigidez y frialdad de la piel la hacía ver más decorativa que amiga…El
tacto que ella necesitaba no la hacía idónea para llevarla con ella, sentirla,
besarla y estrujarla, detalles carentes de valor para las monjitas que nunca se
percataron de nada. Muchos juguetes desaparecían a los pocos días, antes que
los niños los marcaran en sus juegos.
Otras
niñas se encontrarían en la misma circunstancia que Nina, y posiblemente
pidieran alegremente otro juguete, pero ella a falta de poder disfrutar de su
muñeca de trapo durante tres años, la añoraba cada día más, especialmente por
las noches.

Nina
regala su pepona
La
nueva muñeca de Nina llamaba la atención por su tamaño, además, no sabía cómo
actuar ante una muñeca rígida y pronto las monjitas se dieron cuenta que no la
hacía caso.
Un día
se acercó una monjita a hablar con ella y Nina aprovechando su dolor se la
regaló. No es que fuera generosa a su corta edad. Los niños que apenas tienen
regalos no regalan lo poco que poseen, más bien se aferran a lo único que
tienen pero Nina herida y en respuesta a la actuación de las monjas, se la
ofreció. Ésta le decía ¿qué quieres que haga yo con ella? Yo soy mayor y ella
necesita a alguien más pequeño… como tú que juegue con ella, dime ¿qué puedo
hacer yo con ella? y la pequeña que era muy práctica para su corta edad dijo:
en el rincón del pasillo al comedor quedará bien.
Nina
no sabía entonces que su acto le llevaría a largo y penoso dolor que le
llevaría años superar. «falta de psicología de las monjitas que no
rebatieron su decisión» sentándola en el rincón que dijo Nina y allí,
la pepona fue testigo muda de cientos de paseos de riguroso orden de
dos filas y absoluto silencio hacía el comedor de las niñas.
Nina,
entonces se dio cuenta a su corta edad que si regalaba a alguien algo no podía
retroceder o revertir su acto. El hecho de que algo que fuera suyo, estuviera
fuera de su alcance día tras día, fuera objeto de miradas y ser tocada por
otras niñas provocó en ella una profunda herida. El paseo al comedor era paso
obligado por ser el único y éste debía recorrerlo tres veces al día, seis veces
en total contando las vueltas.
Viéndola
más que si la hubiera tenido con ella, ser objeto de otros ojos, la muñeca
siempre sola, sentada en una tarima, sin cambio de ropa, sin lavarla y sin
peinarla la mortificaban. Sus sentimientos hacia ella fueron cambiando, sintió
pena de su pepona, ver su vida apagada, sin dueña, sin haber tenido siquiera
ama que la abrazara.

Nina
retrocede a parvulitos
Nina a
falta de estímulos que le abrigaran y dieran calor, sin avanzar en la escuela,
repitiendo año tras año fue bajando de nivel hasta volver a estar en parvulitos.

Tanta
añoranza la llevó a los años del chupete. Nina, a los nueve años tenía el
pulgarcito de la mano derecha deformado. Su consuelo a escondidas durante el
día y aferrada en las noches era chuparse el dedito
 gordo de la mano.
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