pintorapalopi.com Blog CUENTO: Nina (VI) El destino de Sor Bibila.

CUENTO: Nina (VI) El destino de Sor Bibila.



Maratón fin de curso.
Yuna y Meroé fueron
pillados en el  gimnasio en el mismo momento en que Yuna le prometía
su ayuda. Entre ellos distaba un gran muro que los separaba, física y
emocionalmente. Habían faltado a las estrictas normas de la institución
cruzando el umbral que separaba ambos grupos de alumnos, y fueran pillados
hablando escondidos en una de las aulas del salón de deportes.
Yuna había cumplido los
doce años y Mero “así lo llamaban” tenía nueve. La primera vez que Yuna tropezó
con sus ojos, fue una tarde de domingo en la sala de visitas, estancia donde
alumnos de ambos sexos coincidían en las visitas familiares. Lo vio llorar al
comprobar que no eran sus padres quienes venían a verlo, sino el párroco del
pueblo que en un acto de generosidad, ante la pobreza y enfermedad de ambos,
aprovechando asuntos que atender, se acercó a ver al niño además de llevar un
pequeño paquete de dulces bizcochos hechos por mamá que tanto añoraba. La
visita duró escasos minutos porque el cura aprovechando su corta estancia
preguntó a la monjita de guardia el parte de notas del trimestre, su actitud
religiosa y comportamiento de Mero en el seminario.
Sintiéndose reina por
un día, Yuna era feliz al pasar la tarde del día festivo con sus padres. Además
de recibir dinero, llegaba «el esperado paquete» cargado de muchas
cosas, de esas que a todos los niños les gustan. En un movimiento de Yuna, su
mirada  chocó con la tristeza de Mero y algo mágico impregnó
el  aire para el resto de sus días. Sus padres vieron el breve
encuentro y el silencio que ambos hilaban mientras se miraban, así como el
radical cambio provocado en el carácter alegre y feliz de Yuna.
Desde aquél día, en
cada breve encuentro, en misa, celebraciones o salidas, harían lo posible para
estar cerca, mirarse, hablar o permanecer juntos callados.
Sor Bibila los vio
entrar aquella tarde al gimnasio y se acercó sigilosamente para ver que
tramaban. Escondida, oyó como Yuna prometía ayudar a Mero si conseguía ganar el
maratón que se celebraba todos los años y al que acudían alumnos y profesores
de todos los colegios de la provincia. Yuna acariciaba el corazón de Mero,
prometiéndole que si ganaba el premio se lo daría para ayudar a sus padres.
Al escuchar dos niños
de corta edad dándose afecto y consuelo no tuvo valor para imponer la normativa
y castigo del colegio, y al girar para salir con el mismo sigilo con el que
había entrado, tropezó con el blanco uniforme y rígida mirada de Sor Ceferina
que había presenciado la misma escena. Hubo cruce de miradas acusatorias y en
silencio Sor Bibila salió sin dejarse ver ni oír por los niños.
Sor Ceferina pese a
conocer la promesa de ayuda que Yuna había prometido a Mero, hizo gala de
honestidad cumpliendo las estrictas normas castigándolos. Ninguno participaría
en el maratón, quedando encerrados esa mañana, además de quedarse sin tele ni
salida al patio la tarde del domingo.
Tres años seguidos
habían alcanzado las largas piernas de Yuna la meta, tres años llevándose el
premio mayor con duro entrenamiento ayudada por el profesor de educación
física, y por un acto de estricta normativa mal aplicada, quedaba el colegio
descartado.
Todos, alumnos y
alumnas podían participar, pero quien prometía alcanzar la meta por sus
condiciones físicas, su constancia y largas piernas era Yuna. 
Sor Bibila se enteró
del castigo la misma mañana del domingo. No podía perdonar ni evitar el castigo
impuesto por otra religiosa. Dolorida por el rígido corazón de Sor Ceferina
recordaba la promesa que hiciera Yuna a Mero.
A las once de la mañana
debían estar en el inicio de la carrera alumnas, alumnos y profesores que
participaran, por lo que debían salir de los colegios a las diez.
A las diez menos cinco
se suma al grupo del colegio una alumna grandota. Viste camiseta amarilla de
chuches y pantalones blancos por encima de las rodillas, altos calcetines de
colores y sandalias de cuero. Lleva el cabello recogido con gorra de visera y
va excesivamente maquillada.  Su brutal atuendo provoca chismorreos y
burlas siendo el hazme reír del resto de concursantes, pero no la identifican
ni reconocen quien pueda ser.
Consciente de sus actos
no habla con nadie, se escabulle cuando le preguntan. Lleva el número 121, el
último número de los participantes del colegio y está inscrita como Bibi.
Ya están todos los
participantes al inicio…hay cientos, el 121 mezclada entre ellos es objeto de
carcajadas…se oye el disparo y empiezan a correr.
Bibi comienza airosa,
como si estuviera entrenada. Con tanto afán y falta de entreno al cabo de tres
kilómetros está a punto de caerse, le falta un ápice para rendirse, no puede
más. Teme caer desplomada por  agotamiento y falta de fuerzas, además
del dolor de piernas y pies.
De tanto calor a los
cuatro kilómetros el sudor chorrea el maquillaje ensuciándole el rostro. El
cabello hace acto de presencia al perder ganchos y gorra. Las medias como
acordeones le estorban y, mientras corre se libera de ambos dejando al aire
blancas pantorrillas sin depilar; «mejor descalza que sentir rozaduras y
sangren los pies»
Le falta un kilómetro
por correr de los seis para alcanzar la meta. Grandota, de colorida vestimenta,
sudorosa y toda emborronada, descalza, frena el impulso y fuerza de
competidores que al no poder contener la risa van mermando fuerzas,
reduciendo pasos y aflojando tendones.
El público del maratón
al verla pasar la animan con piropos y risas «da igual, que se rían todos,
cuantos más se rían mejor, que se queden atrás» No escucharé quejarse a mi
cuerpo, desconectaré el dolor y aunque caiga mi cuerpo por agotamiento, seguiré.
En la meta, el público
está al acecho y es rodeada. Termina de salir del calvario y, una vez hidratada
la acosan.  Están interesados en saber que ha motivado esa fortaleza.
Sudorosa y embadurnada,
sus pies sangrando y sin recordar nada, ni quien es, bebe agua como mujer
labriega, empapa toalla para aliviar calores y sudores de rostro y
después, piernas y malogrados pies los riega con chorros de agua
fría…mientras que su natural descanso es gravado por cámaras que esperan diga
unas palabras al público que la animó a alcanzar la cima.
En las cámaras de TV
reconocen el rostro de Sor Bibila.  Toda la provincia, obispado y
religiosos ven un lado de realidad que no esperan ni desean. Sor Bibila
manifiesta que debía cumplir la promesa de una niña que no ha participado por
estar castigada. Cuando habla a las cámaras manifiesta que el premio no es suyo
ni pertenece a la Orden religiosa. Los cámaras preguntan ¿No acaba de decir que
la promesa era por una niña? Y  agotada sin miras al decoro y
reputación a su colegio confiesa que pudo haber evitado que los niños fueran
castigados si ella hubiera sido precavida al verlos hablar faltando a las
normas, pues en ese momento no creyó que hubiera alguien más que observara la
declaración de afecto y ayuda de ambos niños.
Sor Bibila ha dejado en
evidencia a la orden religiosa, además de dejar en entredicho sus estrictas
normas y castigos y sintiéndose responsable, ha intentado cubrir no solo una
promesa, sino  ayudar a Mero que realmente lo necesitaba.

Sor
Bibila da el cheque a Yuna y una fuerte emoción cubre a Mero cuando lo recibe.
Está seguro que si ella hubiera participado también hubiera alcanzado la meta y
habría cumplido lo prometido.
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