Blog CUENTO: Nina (VII) El jardinero.

CUENTO: Nina (VII) El jardinero.

En la
comunidad de religiosas habitan dos varones de diferente edad. El capellán
confiesa monjitas, jovencitas y niñas que preparan su primera comunión, además
de dar la Sagrada Eucaristía todos los días. El jardinero se encarga
de todo lo demás. Pese a realizar infinitas tareas, nunca cae
enfermo, hace cualquier cosa que le pidan las novicias.  Los domingos por la mañana acude a Misa, entra
discretamente sin hacer ruido, llega justito… a puntito de terminar la Sagrada
Eucaristía.
Al
principio el cultivador  se limitaba
a  cumplir las funciones propias para las que había sido contratado,
pero poco a poco las monjitas fueron ampliando sus labores; Por favor haga
usted esto, por favor haga usted aquello, repare la máquina de coser,
plántenos estas verduritas, limpie la piscina, recoja el pedido de la farmacia,
avise al médico, recoja el correo, envíe este telegrama. Así hasta tenerlo bien
ocupado desde las seis de la mañana hasta la noche.
Lo
hace todo: Planta, poda y riega los árboles, cuida el césped del colegio y los
jardines privados de las monjitas. Arregla la valla y los sistemas de
riego.  Trabaja la huerta
ubicada detrás de la piscina. Planta pimientos, tomates, berenjenas, calabazas,
patatas para uso personal y de las monjitas. En la pequeña granja hay
gallinitas ocas y patos, además de seis vacas que debe ordeñar todos los días,
también su rica leche es para uso personal y de las monjitas.
Junto
al patio de recreo tiene su taller de carpintería. Hace cualquier trabajo
de ebanistería que le pidan; muletas para las niñas si las necesitan, reparar
cerraduras y puertas, también arregla tuberías cuando se rompen grifos o
estallan cañerías. No se enfada al ver jugar a las menudas en su taller de
ebanistería, ni al ver en cajones acomodados pajaritos, gatos y perros que Nina
protege del frío y la lluvia.
Dentro
del parque se encuentra su caseta, alojada discretamente en un ladito de la
valla, cerquita de la piscina; ¡cómo la mima! toda rodeada, bien
tupida de hierba buena. En primavera perfuma al aire de esencias frescas y
en verano el aroma que emana la hierba aplastada por diminutos pies, hacen del
baño el placer de pequeñas sirenas. Sirven de freno, evitan que resbalen al
salir del agua y además son alfombras tullidas donde descansan y toman el sol
las pequeñas.
Qué
listas son las monjitas, seleccionan  un
hombre abnegado, solo, sin familia. De carácter entrañable, paciente, hace bien
cualquier cosa que le pidan. ¡Mira sin son listas!, además de atractivo es alto
y fuerte, de rizos rubios y ojos claros.
Los
ojos del jardinero emiten destellos. Ni todos los santos juntos del convento,
tendrían la luz ni el habla de sus ojos. Siempre alegres, brillan  como espejos rotos, y, si les da el
sol, parecen cuencos con lágrimas preciosas pulidas. Unos ojos
que hablan tanto, no precisan voz ni palabra.
Joko
y jake son los borricos que le ayudan en la huerta, además de llevar  la diligencia. El jardinero
cuando sale a recados, luce decana tartana y diestras mulas. Los lava y cepilla
con tanto afán, que parecen untados de gomina y, para liberar el arranque de
toscas patas, grita: ¡HALE! JOOOOOOO! hacia caminos de arcilla arenosa y ruta
de nobles losas enmudecidas.
A
pasito lento, cabalga su hidalga hechura el soberano jardinero, luciendo mulos
radiantes como luceros, izados por titánicas ruedas y polifonía de
sonajeros. Su gentil talante provoca sonrisas miradas de envidia sana en
bellas jovencitas de explícita sed lozana, mientras que maduras y
sazonadas, silencian pasiones furtivas tras suaves visillos de vainica blanca.

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