Blog La mirada de la bondad

La mirada de la bondad

Un fin de semana de abril, sobre la una de la madrugada hubo un apagón que
duró toda la noche, dejando en plena oscuridad a todo el pueblo.

Por costumbre, me levanto a contemplar la cúpula celeste y en sombra
soledad gozo viendo el zarandeo de luces fluyendo por los cielos.

Al principio creí que la bombilla del faro que alumbra la callejuela
próxima al dormitorio se habría fundido y me alegré al ver que sin ella podía
divisar el azulado cielo mientras entraba al mundo de los sueños. Cada noche
tenebrosa freno el impulso de tirar una piedra a farola porque me priva del placer
de observar titilantes guiños, y ocurrió que pudiendo disfrutar viendo el
firmamento desde la cama, dormí de un tirón toda la noche.

 

Llevamos unidos quince años.  El hábito del trabajo hace levantar
a  mi marido bien temprano “aunque lleva jubilado cuatro años su
cuerpo aún no lo sabe y pega un brinco como lo hiciera exactamente durante
cuarenta años”. Cuando dan las 6.30  en punto de la mañana, como si
fuera un gallo pega un salto y como sonámbulo inicia su rutina matutina.
Sin  embargo, la noche que hubo apagón ocurrió lo que nunca hizo
antes y fue alzarse a las 5.30 horas.

Yo que lo veo levantar miro la hora e intuyo que irá al lavabo. Andando
dubitativa pienso qué raro…pero sigo acostada, despierta mientras le oigo
trajinar en la cocina.

Mientras que descanso analizo lo extraño de su madrugón girada sobre el
lado izquierdo de la cama y de pronto noto dejarse caer con suavidad un
grandísimo peso que se acuesta tras mi espalda. Sin sentir miedo primero
intento con mi cuerpo arrastrarlo fuera de la cama pero pesa muchísimo, es como
si tuviera a mi lado un bloque de hormigón. Intento moverlo para sacarlo de la
cama  pero es imposible siquiera moverlo un ápice. Tras unos minutos
de infructuoso intento me doy cuenta que estoy siendo abrazada por dos brazos.
Permanecen quietos, no me tocan, solo me rodean y para mi sorpresa no siento
miedo y comienzo a palpar primero sus brazos y sigo con sus manos. Percibo que
son dos y enseguida las identifico. Me parece tan sorprendente lo que estoy
viviendo que vuelvo a tocarlas una y otra vez para confirmar que son reales.

Identifico que pese a tener características antropométricas similares a la
humana tiene la piel extremadamente suave.  Las manos y falanges
tienen la suavidad del terciopelo, no parecen articulados y en seguida pienso
que puede llevar guantes o quimono completo. Sus brazos y manos como si no
tuvieran vida están quietos dejándose tocar y, queriendo saber y entender lo
que pasa realizo un esfuerzo y en voz alta pregunto ¡Quien eres! ¡Qué es lo que
quieres de mí! y acto seguido me gira con suavidad. Al tenerlo frente a frente
veo un rostro humanoide de grandes ojos rubios de una expresión de inmensa
bondad, tremendamente cautivadora, de inmediato sentí algo inexplicable, sus
ojos expresaban conocerme profundamente, su boca es extraña y a continuación lo
aparto con mis brazos, en ese momento su imagen se desvanece.

Enseguida salgo disparada del dormitorio y aviso a mi marido que anda
trajinando en la cocina e insisto en que acuda al dormitorio. A continuación le
cuento la experiencia y seguidamente le pregunto ¿Qué pasa hoy? ¿porqué te
levantaste una hora antes? y contesta, no lo sé, supongo que mi reloj biológico
se equivocó y acto seguido comenta…toda la noche ha permanecido  el
pueblo sin luz y en cuanto a mí, no sé qué ha pasado ni porqué hoy me levanté
antes, es la primera vez que me ocurre.

La siguiente noche a las cuatro de la madrugada me despierta una intensa
luz. Entra por la ventana y percibo tanta fuerza que ilumina por completo el
dormitorio. Parece haberse invertido la noche por una mañana soleada, pero mi
reacción es contraria a mi forma de ser, y en vez de levantarme y abrigarme
para observar y fotografiar desde la terraza  qué es lo que provoca
la intensa iluminación, en segundos mi organismo queda atrapado en un grato y
profundo descanso.

 

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