Blog CUENTO: La Granja de Pedrolo. (III)

CUENTO: La Granja de Pedrolo. (III)

Pedrolo,
ha levantado de nuevo su choza. Tras la rehabilitación de Kity y la pérdida de
Yana acude a su ritmo normal acercándose de nuevo al mercadito del jueves.
Le
cuesta dormitar al sentir helados los pies ¡Cuanto añora su mullida tripita!
Pesadillas y fantasmas se une al canto incansable del modesto riachuelo que
absorto, transforma polvo de losas en cristales prietos mientras siente clamar
al eco imploro y lamentos…Yana, Yana, Yana, y, a la aurora, amanecida el alba,
le cuesta dar sus primeros pasos sin su ración de rica leche templada.
Sus
lánguidos pasos elevan gravilla arenosa por la única entrada y salida al
pueblo. Su hidalga imagen y fósiles ropas, que más que cubrir remolcan
esqueleto, atestan añoro e intensos recuerdos.
Kity
pocas plumas, sin brillo que lucir, abatida y apagada, cacarea su ronquera
exhibiendo solo astillas. Delgadita como una varilla, aguanta recta, firme y
varada como estrella y única superviviente de gran batalla. Sobre el hombro,
sin poder saltar al lomito de Yana, resbala una y otra vez, aferrando su
espolón a la quebrada levita, mientras que el amo cabizbajo evita preguntas, y
entre miedos, su mente itera una y otra vez la misma duda ¿será oro
lo que Kity expulsara estando malita?
Pedrolo
recuerda que la pequeña Basílica muestra dos veces al año capas, túnicas y
mantos de terciopelo con oro, plata y hermosas piedras trabadas cubriendo
cuerpos Santos de camino a la ermita.
“Qué
grato paseo, silencio rodeado de incienso, oyendo piedrecitas rechinar tras
sotana negra y el Padrenuestro”.
Tras
dar un paso y traspasar la puerta de la Catedral, ambas miradas quedan
enrocadas y en silencio.  El párroco pensaría…que causa grave o motivo tuviera
que por primera vez desde que lo conociera fuera para pedir sagrada confesión,
ayuda o consejo…y Pedrolo acostumbrado a ver su azabache imagen florear por el
mercado escarbando mejores precios…de pronto siente caer sus ojos como cúpula
atravesada por rayos y truenos, viendo en segundos votos y sacramentos.
Tras
decir que su morada es la montaña y su nombre es Pedrolo, el párroco le
pregunta: dígame buen hombre, ¿qué desea? y acto seguido suelta en su mesa
veinte pepitas de oro.
Sabe que
es un indigente sin familia y ante el miedo a haber sido sustraídos u
encontrados y pudieran tener otro dueño le aconseja que el mejor para indicarle
precio sea el alcalde del pueblo.
Acompañado
por el sacerdote, una vez presentado suelta las pepitas de oro sobre su mesa.
Entonces súbitamente Pedrolo sintió la certeza de hallarse en lugar equivocado
al ver en su mirada avaricia y engaño.
Para
cuando pudo tener un breve resumen del tipo de persona que tenía delante, el
alcalde se había adelantado y sin someterlo a  pruebas o contrastar el
grado de aleación, quiso pagar ridículo precio creyendo a Pedrolo que al ser
vagabundo también sería tonto. Pedrolo reaccionó cogiendo las piedrecitas con
la intención de largarse, pero el avistado señor, tuvo un contraataque radical
acariciando a Kity al paso que lo rodeaba con su brazo.
Acariciando
las pelusas de Kity con la intención de evitar que se marchara (pues debía
conocer cómo y dónde las hallara) y aprovechando las deudas por ayudas y
favores para la restauración de la capilla, utiliza al párroco para que éste
intimide y haga hablar a Pedrolo mientras manda con gestos de urgencia hagan
llegar rápido a su buen amigo y “prestamista para los necesitados del pueblo” –
un ruin usurero que aprovecha las desgracias ajenas  para engordar su
patrimonio-
Todos
en el pueblo conocían a Pedrolo y sabían que cogía verdura y frutas del suelo,
alimentos que otras personas rechazan al tener peladuras o picadas. Al llegar
el financiero se le abrieron los ojillos como huevos, y precipitándose 
sin conocer el precio ofertado por el alcalde escasos minutos antes, ofrece
pagar por todas un precio tres veces superior.
El
encuentro de sigilosas miradas es suficiente para saber que se encuentran con
un vagabundo inteligente, sagaz y sabio. Bajo presión del párroco no ha soltado
prenda. No ha dicho ni una palabra de su hallazgo y ha conseguido que personas
que no conoce paguen por cuatro el precio inicial dispuesto por el alcalde,
accediendo finalmente el prestamista a efectuar el mismo pago pero por sólo
diez, la mitad de ellas.
Qué
pronto se trasmiten fortunas y desgracias. Esa misma noche conocerá y saboreará
lo que otros seres tienen. Con monedas en sus bolsillos se dirige rápido a la
gran tienda. Primero elige suave manta, después compra vino tinto, buen pan,
morcilla y butifarra. También compra material plástico para protegerse del frío
y el agua.
Pedrolo
es un indigente sin trabajo, en su niñez aprendió a leer y escribir y siempre
se sintió acompañado y feliz al vivir entre naturaleza. Ella le enseñó a leer
los mensajes del aire entre arboledas. Los cantares al alba y baladas del
atardecer. A escuchar los mitigados ruidos bajo el silencio y la calma. A oír y
sentir el trajín de seres que viven y pernoctan bajo tierra. A escuchar las mudas
voces de las plantas. Al aire cerrando vientos para discernir el delicado jaleo
de múltiples lenguas; vocablos verdes junto al habla de seres de diferente
hábitat capaces de dialogar y entenderse.
De
regreso a casa se da cuenta que es perseguido a cierta distancia y, para
extraviarlos, merodea las colinas por zonas alejadas. 

La
naturaleza ha enriquecido su sabiduría, le enseñó a ser prudente, a leer la
mente y el corazón de animales que le sirvieron a su vez para conocer bien a
los hombres, pero Pedrolo no conoce emboscadas ni triquiñuelas del mundo de
asfalto, en este aspecto es igual de inocente que Kity, desprovisto de armas
para luchar y vetar la codicia humana.
www.relatosdepatricia.blogspot.com.es

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