Blog CUENTO: Nina (XII) El coro.

CUENTO: Nina (XII) El coro.

Nina  vive en un
mundo paralelo que la  separa de la realidad. Percibe que algo raro la
pasa, algo que no ve en las demás, que no conoce ni puede controlar y que las
monjitas no saben darle solución.
El coro
Al poco
tiempo la profesora de música reúne a las niñas y las hace cantar una a una.
Formarán el coro compañeras y amigas. Estudiarán solfeo y aprenderán a tocar un
instrumento. Nina se une de nuevo a ellas que no la discriminan por estar en
clase de peques.
Nina no entiende el
significado de las partituras.  Percibe que el problema que ella tiene
sigue presente y no ve otra solución que aprender de memoria cada una de las
clases, engañando a profesores de solfeo e instrumento. Memoriza la entonación
según pentagrama, también las posiciones de los dedos en la guitarra según
partitura de música que no sabe leer. Como las demás, las lleva a clase, al
igual que carga el pesado talego con temibles libros de texto que forzosamente
debe memorizar.
Las bofetadas
La monjita
profesora tiene ochenta años. Las partituras le bailan de las manos “parecen
querer volar”, además padece sordera. A su desatinada voz provocada por falta
de audición la acompaña un oxidado y desafinado piano. Las niñas al oírla
cantar y tocar el órgano rompen en risas difíciles de contener y en vez de
seguirla en sus cantos hay brote de carcajadas en plena eucaristía.
Un domingo, la religiosa
llamó la atención muy enojada “es falta grave de respeto reírse en la casa del
Señor”. Tiene buen talante, no acostumbra a golpear con el metro – madera –
tabla. Aunque el origen del metro de madera fuera otro bien distinto, pues fue
creada como instrumento de medida para clases de matemáticas y geometría. La
primera vez que Nina sintiera al metro – madera – tabla en sus piernas sintió
fuerte quemazón y claro, al segundo escapó a los golpes y aprendió que si va a
recibir, es mejor dejarse hacer porque si escapa recibe el doble o el triple,
dependiendo del grado fuerza que aplique en sus brazos.
Así que después de
acabada la misa y antes que de manera precipitada salieran corriendo al
desayuno como rebaño al monte después de noche diluviosa, la Sor cierra con
llave la puerta de salida y da orden que el coro al completo forme fila frente
a los retablos de María. Todas, una a una van recibiendo PLAS, jaja PLAS, ja
PLAS, jaja PLAS, jaja PLAS, jaja PLAS, ja PLAS, jaPLAS, ja PLASja… ríen al ver
temblar la mano que abofetea sus mejillas.
Le llega el turno a la
mimada, hay brote de carcajadas, todas menos Aba cuya cara escarlata no reía.
Al recibir su semblante renegado su ración provocó arranque de risas en coro
armonía. Se oye un resbalar, un suave zas, casi sin rozar un tul
deslizar…»plas» en los rojos mofletes de la enchufadita.
El castigo
Cada bofetón
en temblorosas manos enrojecen como carmín las mejillas y mano derecha de la
religiosa.
Viendo que no fuera
suficiente castigo para remendar el daño causado, al salir una a una en orden
hacia la salida con el pecho cargado de risas contenidas a la espera de soltar
risa en expandida, tropiezan al ver la puerta cerrada y quedan a la espera de
que abra la puerta. Llega toda roja, roja y enojada por levantar las manos a
las niñas y ver la respuesta a su medida. Al instante Nina respira el intenso
aroma que desprende el chocolate con leche a la taza. Salen corriendo y
tropiezan por ser primeras en ir a desayunar…debiendo retroceder al ser
castigadas. El grupo sale al patio con el estómago vacío, sin
nada que frene los estimulados jugos gástricos responsables del apetitoso aroma
del chocolate caliente. Recibir la bofetada carecía de importancia, sin embargo
quedarse sin chocolate «REDIÓS» dice Nina, eso sí que duele, eso sí
es castigo.
Para Aba era mucho peor.
Era la primera vez que la pegaba una monjita. En especial se sentía humillada
al ser tratada igual que el resto y en especial fuera en presencia de
compañeras a las que asediaba dominaba y mortificaba frecuentemente. Ese día no
comería las magdalenas de una inocente y se quedaría como el resto sin tomar su
chocolate caliente.
La primera vez que Nina
vio a Aba quitar las magdalenas a las compañeras de mesa, Nina no entendió que
callaran y no dieran parte a las monjitas. Cuando un Domingo tuvo que compartir
mesa de desayuno con Aba, Nina supo por certeza que no sería creída por las
monjitas, así que estudió la forma de evitar quedarse sin sus esperadas
magdalenas. Al siguiente día festivo que le tocó compartir mesa con ella, Nina,
como hambriento a palo seco se lanza como bala de disparo al verlas caer a la
mesa, adelantándose al ataque de la lánguida virtuosa mosquita muerta.
Nina va creciendo y
siente gran interés por colores y formas. Tiene una gran fantasía, es
protagonista de mundos e historias que nadie parece ver.
Los aromas y el tacto
En varias
ocasiones llamó la atención de las religiosas al ver que sus predicciones eran
ciertas. Nina tenía una salud delicada, siempre estaba enferma. Recordaba que
cuando estaba en la cama y era cuidada la hacían sentirse bien los cuidados que
la daban. Por alguna razón provocada por el dolor o por necesidad física, Nina
tenía aumentado la percepción de los sentidos. Percibía lo que los demás no
olían, ni sentían al tacto y mucha intuición. Cualidad con ventaja en su
círculo de amigas, requiriendo su presencia para curar o ser protectora de todo
animal encontrado estuviera herido o sano.
En varias ocasiones
cuando acudía a revisión a la enfermería por vacunas u otro tipo de
tratamiento, le decía a la monjita: Ha estado aquí la enfermita mayor alta
rubia: ha estado de visita la religiosa mayor. También vino a revisarse el
jardinero y la monjita se quedaba atónita ante el desfile de personajes de
decía Nina que habían acudido a la consulta entes que ella. Nina sabía quien
había estado antes en la consulta del doctor por el rastro de olores que
dejaban. Más tarde comprendió que ciertos aromas corporales se debían a la
presencia de la enfermedad que padecían.
Nina jugaba con la
monjita que traía las cartas, una vez al mes. La ponía un largo pañuelo
cubriéndole los ojos con fuerza para que no viera nada y Nina arrimaba la nariz
y olfateaba como un perro de caza el fondo del saco donde habitaban cientos de
cartas. Al gran saco de estera le daba varias vueltas con las manos y sacaba
por su aroma y sutil tacto la carta de mama.
La monjita
tocaba y olía una y otra vez la carta para intentar dar con esa diferencia
apreciada sólo por ella. Después de manosearla y olfatearla varias veces le
decía: No comprendo cómo puedes acertar, esta carta no tiene nada…ni olor diferente,
ni textura diferente a las demás.
Muchas veces la engañaba
y decía “hay carta para ti, las he revisado, búscala sin mirar”, pero Nina, con
los ojos tapados, sólo con su olfato y tacto supo siempre si entre tantas
cartas había o no carta para ella y nunca se equivocó.

Nina
siempre se preguntó cómo era posible que las monjitas no apreciaran el aroma y
suave textura de sus cartas, veía claramente esas cualidades en la oscuridad.
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