Blog El vagón de los convictos. Capítulo I

El vagón de los convictos. Capítulo I

(I)

Vuelas y planeas alto, tan alto como un cóndor. Tu vasta visión abre paso a fluidas nubes para divisar cúpulas gamma esmeralda losadas de espumosa tierra y, como garabatos trazados por pipiolos, visualizas ajetreo de capilares, finos hilvanes resbalando y rebotando orondas losas, calmando y mitigando vigorosas aguas azules.

 A esa elevación sus campos lo forran hierba esponjosa. Si te aproximas un poco más, percibes pluralidad de arbustos y, al ir descendiendo, en lo más profundo de angosta selva distingues amplia área cuadrada blanca como la nieve, fuertemente vallada, en cuyo su interior se haya  “El penal de los caídos”.

Rodeado de amplio césped de un kilómetro a la redonda contrasta con dureza sus altos muros blancos y fríos. Más allá, su seductor y esponjoso suelo queda agazapado entre hojarasca y alambres espinos, «rastreadores  delatores de sangre entre maleza, rocas y arbustos».

Al alba, su único sendero de acceso queda vaporoso y clausurado de miles bostezos. Su lento y plácido despertar cuaja los vientos cubriendo de lechoso lienzo al nutrido césped y canoso edificio. Es un confinado lugar de temperatura glacial  y poroso suelo, apartado de toda población.

Allí reina solemne silencio. Solo se oye el plácido zarandeo del viento, el  arrumaco acicalado y cantos de múltiples aves. Famosa por su vigoroso río Hidra, posee amplia fauna salvaje, frondosos valles y bosques, además de hallarse el penal de los caídos. Hidra es el pueblo más próximo y se halla a una distancia de trescientos Kilómetros.

Hidra tiene estación de ferrocarril  y transporta  viajeros diariamente. El ingreso al penal se realiza el último viernes de cada trimestre, reservando sus tres últimos vagones para el transporte de penados.  Los reos se alojan en el penúltimo vagón, quedando tres vagones al amparo de custodia policial. 

Su monumental estructura de grueso hierro fundido se haya forrado de nobles acacias, muy cuidadas, brillantes y barnizadas de estado impoluto. Sus asientos separados por fuertes colmillos fueron clavos  y amarres sobre tablas más duras que el granito, y como si el tiempo se hubiera detenido o como si no hubiera trascurrido «mimado» como si fuere una especie extinta a conservar, guarda grilletes y herraduras brillantes, sin resquicio de óxidos que antaño fueron garras sangrantes en tobillos de camino hacia el abismo.

El viaje por tren desde el calabozo policial de origen hasta “el penal de los caídos” duraba cinco días, trayecto que facilitaba conocer la personalidad  de presos y, en ocasiones surgía empatía dada la estrecha relación entre funcionario y convicto.

Después de permanecer encerrados  largo tiempo a la espera de sentencia, el viaje hacia el penal de los caídos representaba un gran impacto, un delicado regalo, un amplificador de sentidos.

Descubrir al alba efigies lechosas, vidrieras que parecieran guarecer las almas vegetales del helero nocturno. Sentir desperezarse, oír crujir  suavemente su tierno manto al igual que los primeros revoloteos de un pajarito. Auscultar el calmoso siseo de las plantas  e inspirar la pureza del oxígeno exhalado en horas de velo y silencio.  La profunda paz y deleite que trasmite oír corretear al agua con su ro, ro, ro, ro, ro agitado, capaz de penetrar con su afable ronroneo en lo más profundo de nuestras células.

En uno de los trayectos hacia el penal reo y funcionario policial coincidieron no sólo ser de la misma provincia, sino ser vecinos al haber nacido ambos en el mismo pueblo. Las diferencias sociales entre ellos eran tan grandes  que Dionis no conocía su rostro, no recordaba haberse cruzado con Carlos por sus callejuelas ni  haberlo visto acudir  a las fiestas del pueblo. 

Carlos, hijo único de familia acomodada, la más rica y respetada del pueblo y provincia. Su padre Don Donato, notario respetable forzó a que su amado hijo tras varios fracasos en aprobar la oposición a Notario, y,  antes que se agotara física y flaqueara emocionalmente consiguió que aprobara una oposición de funcionario de prisiones de alta seguridad.

El caso de Dionis, un joven alegre de veintitrés años, condenado por el asesinato de Carol de diecisiete años embarazada fue polémico y mantuvo en vilo a toda la nación. Cuando Dionis recibió la noticia de la muerte de Carol enloquecido y lleno de rabia juró una y mil veces que no sería capaz de hacer acto semejante y que amaba  con locura a Carol.

Dionis perdió a su padre a corta edad y su escaso grupo familiar lo formaban su hermana Alba de diecinueve años nacida sordomuda, su madre Angélica y él que cuidaba celosamente de ellas.

Después de aquellos primeros días en que el dolor y la rabia le hicieran hablar defendiéndose, cayó y no volvió a abrir la boca, pese a reiterados intentos.

Dionisio  “Dionis” para familia y conocidos siempre mantuvo que la amaba. Vivir no tenía sentido sin ella y abatido de dolor dejó que la bruma censura de su pueblo natal, provincia y nación vieran justa la sentencia a pena capital por el asesinato de Carol.  

No reaccionó a insultos ni al dolor físico cuando entrando al Tribunal para ser juzgado pese a protección policial fue atacado por un grupo de gentío que cargados de ira le insultaban y arrancaban pelo mientras que otros fanáticos le golpeaban fuertemente. Hubo quien armado sacó una navaja. Dionis no llegó a entrar  al juzgado, rápidamente tuvo que ser llevado al hospital por varias heridas sangrantes en rostro, cuello y espalda.

Tardó tres meses en poder respirar bien pues la puñalada llegó a pulmón y hubo que intervenirle por lo que estuvo hospitalizado hasta recuperar la función respiratoria. El equipo médico que siguió a su lado durante este tiempo así como los guardas que le custodiaban durante este periodo de ingreso, sentían con certeza que Dionis era inocente del crimen, dejando su inocente huella en el personal hospitalario.

Dionis tenía el corazón tan roto que en sus tres meses de hospital no habló ni una sola palabra. Tampoco hubo gesto ni queja al dolor físico…y cada día el parte médico sobre su estado evolutivo refería (estado depresivo, mirada perdida, bañada  en lágrimas). No deseaba vivir y al no comer ni tomar los fármacos pautados por orden médica, fue atado a la cama para medicarle y alimentarlo por vía intravenosa.

Tras su recuperación de nuevo fue al Tribunal a recibir sentencia pero Dionis se mantuvo callado y no se defendió de los cargos de asesinato.

La sentencia por el crimen de Carol embarazada fue firme e unánime y debía ejecutarse en un plazo máximo de un año.

Ese mismo día, Dionis partió del Alto Tribunal hacia el depósito de reos condenados a pena capital para después dirigirse hacia el penal de los caídos acompañado de otros cuatro reos, fuertemente custodiado.

Doce guardias cubrirían el trayecto de los cinco reos hasta el penal. El penúltimo vagón alojaba a los reos y el anterior y último vagón, se hallaban acomodados con literas para el descanso de los funcionarios.

En el trayecto hacia el penal de los caídos, en el primer turno de vigilancia de seis  horas se originó algo insospechado que provocaría un cambio en la vida de Carlos.

Apagado y sin ganas de entablar conversación con nadie Dionis se mantenía callado.

La primera noche en la que Carlos se hallaba de guardia en el penúltimo vagón, algo imprevisto ocurrió. Carlos repartía mantas para paliar la helada noche. Dionis, como siempre pensando y mirando al exterior no se percató de que Carlos le arrimaba una manta, así que tras segundos de ver que Dionis no se movía, con su brazo lo hizo girar para que recogiera la manta.  Dionis con mirada abatida, limpia e inocente miró al Carlos y quedó sorprendido. Algo le hizo reaccionar, fue como despertar en un mundo diferente. Sintió el dolor que arrastraba Carlos y se preguntó qué cosa grave tendría para que se hallara el funcionario en peor estado que los propios reos conducidos  a la  muerte.

Tras unos minutos de aquel corto e insignificante segundo en que ambos se miraran, Carlos tuvo que pedir relevo ante vómitos que no remitirían  durante todo el trayecto. Sus compañeros, al verlo  indispuesto intentaron que el resto del viaje descansara y no tuviera contacto con los penados, pero Carlos incluso encontrándose enfermo sufría  un deseo incontrolable de estar cerca de Dionis. Cuando le tocaba su turno acudía a su trabajo y cuando sentía angustia sacaba el torso por ventanilla dejando sus jugos gástricos como pinceladas abstractas sobre los muros metálicos del veterano vagón.

Ha pasado siete días. Los funcionarios se encuentran descansando alojados en el penal de los caídos. No sólo transportan reos, a su vuelta deben devolver personalmente los objetos personales y las cenizas de anteriores reos ejecutados a las familias.

El segundo día Carlos fue llamado por el director del penal de los caídos y claro, creyó al instante que le preguntaría por su estado de salud, pero al entrar en el despacho del director supo de inmediato que sus vómitos no serían el tema a tratar y, enseguida se puso nervioso.

¿Carlos, tiene usted algún vínculo con Dionis o su familia? No señor Director. No conozco a nadie de los suyos, el único vínculo que nos une es ser del mismo pueblo, aunque no nos conocemos. Está usted aquí porque desde que se detuviera a Dionis que sepamos no ha emitido palabra alguna, nunca pidió nada y siempre se negó a hablar.  Ya sabe que por clemencia todo condenado puede pedir su última cena y una petición posible a conceder, pues bien Dionis al referirle el guarda de seguridad sus dos últimas peticiones, no hizo mención a la última cena, pero sí  ha solicitado por escrito que usted le visitara un día antes y además desea que sea usted quien le acompañe durante el proceso de su muerte.

Carlos se bloqueó de tal manera que poco faltó para desmayarse. En su mente hay dos corrientes inversas, por una parte siente una fuerte atracción hacia el reo, desearía hacer cualquier cosa por él, ayudarle, pero estar presente le puede, no cree ser capaz, pero no encuentra motivos de peso que justifiquen  negarse.

Cuando Carlos accede a verlo pasan varios minutos callados. Carlos está muy nervioso. Sabe que no ha hablado con nadie, ni ha emitido nunca solicitud de ningún tipo ni se relacionaba con los internos. El ser llamado él y no otro funcionario le provoca desasosiego. Tras varios minutos de silencio la mirada de Dionis hacia él es de una compasión tan inmensa que Carlos siente detonar cada una de sus células y cuando Dionis alzó el brazo para entregarle una carta en sobre cerrado, el corazón de Carlos se aceleró a más de 170 pulsaciones por minutos. Sudoroso, pálido a punto de sufrir una parada cardíaca, salió de la celda guardándose el sobre mientras intentaba sobreponerse con gran sobre esfuerzo ante el temor de caer desplomado al suelo.

Tras ser llamado de nuevo Carlos por el director para conocer qué deseaba de él, este omite la carta y comenta que sólo quiso estrechar su mano, refiere que quizás Dionis pudiera saber que ambos son del mismo pueblo.

Cuando fue acercándose el día del fatal desenlace Carlos mantuvo todo su ser muy angustiado. Por él, no hubiera accedido a esta segunda petición de Dionis “Que no le dejara irse solo” Deseaba  que Carlos estuviera presente. Tras esperar el equipo judicial un tiempo prudencial y ante la ausencia de Carlos, se inició la entrada del  suero  por las venas de Dionis y fue entonces cuando Carlos en un acto de coraje abrió la puerta y tomó asiento en la sala acristalada, y desde la segunda fila, como una piedra soportó el mal trago de acompañarlo en su partida.

Mientras el doctor realizaba los preparativos para la  inyectable letal, en ese corto espacio de tiempo y ante las miradas de un grupo de extraños y a escasos segundos antes de que su corazón dejara de latir, Dionis, agradecido ante la presencia de Carlos sintió brotar sus lágrimas. Cuando el suero salino recibió la fatal inyectable, Dionis pudo vencer el estado de pánico al sentir la tierna presencia de Carol dulcificar su último suspiro.

Carlos no podía levantarse del asiento. Su cuerpo abatido por fuerte impacto tuvo que ser ayudado para salir del recinto. Dos peticiones unieron  sus corazones. La visita anterior al desenlace con la entrega de un sobre que Carlos sudoroso tuvo que coger sin esperarlo y la petición de acompañarlo en su partida, menos aún deseado y esperado.

Carlos se vio forzado a cumplir ambas peticiones. No podría negarse a ir a verlo cuando el Director de prisiones le comunicó que deseaba hablar con él y tampoco pudo negarse a estar presente el día señalado. Por humanidad, cualquier funcionario haría acto de presencia. Carlos también lo hizo…no obstante, en ese instante, esa última mirada fue para el funcionario una pena perpetua, difícil de olvidar.

Carlos ha vivido con tanta turbación que han pasado dos años y no ha sido capaz de leer la carta. Queriendo olvidar la experiencia  se negó a conocer el destino de la familia de Dionis.

Tras la partida dolorosa  de Dionis, su madre Angélica no pudo soportar el dolor y falleció a los dos meses dejando a su hija Alba en total desamparo al ser  sordomuda de nacimiento.  Alba había avanzado por las atenciones que su hermano buscó desesperado para que  pudiera comunicarse y entendiera el lenguaje de los demás. Al ser Dionis huérfano de padre, asumió el cuidado de la familia. Consiguió que Alba fuera admitida en un centro especial y pudiera estudiar, pero a raíz del suceso todo cambió y tras fallecer su madre y hermano y no disponer de recursos ni familia se vio en la calle y terminó ingresada a  sus veintidós años en un centro para enfermos crónicos.

Alba, recluida, sin ser visitada por nadie,  vivía en un espíritu limpio y puro ausente de todo mal.

Tras haber pasado más de dos años, una dulce mañana de domingo Carlos decidió leer la carta  en los jardines de un parque público y allí sintió tal vergüenza, tanta humillación de sí mismo que un fuerte retorcijón de tripas provocó que tuviera que ser atendido por los servicios de emergencia sanitaria en el mismo parque, su figura fornida no soportó el daño de su propia cobardía. Dionis suplicaba a Carlos de nuevo su ayuda. En el mismo sobre se hallaba una carta dirigida a su madre y hermana, las tranquilizaba, les decía lo mucho que las quería y hablaba de su inocencia.

Encerrada en perpetuo silencio, como maniquí dejándose arrastrar por fuerte riada Alba pasaba sus días metida en felices recuerdos esperando visita de mamá Angélica  y su querido hermano Dionis.

A los pocos días de leer Carlos la carta, Alba tuvo su primera visita en el Centro asistencial.  Alba no respondía a nada. Carlos iba a verla cada domingo y festivo. Se sentaba junto a ella, y ambos en silencio pasaban la mañana. Carlos desde el primer día que fuera a verla le llevaba flores pese a que Alba no apreciaba ni mostraba gesto alguno de alegría ni emitía gestos de agradecimiento.

Carlos antes de poder ver a Alba pasó visita con médicos y  psiquiatras del centro y tuvo que dejarles leer la carta de su hermano Dionis en la que les decía a su familia que era inocente del crimen, que estuvieran tranquilas que Carol y él volverían a estar juntos. Y en última línea suplicaba a Carlos que no sintieran soledad ni abandono, que no las dejara solas.

Carlos supera los cuarenta años y pese a ser una persona culta, mantener buen porte, buen trabajo y ser de familia bien, amén de ser atractivo es un hombre extraño, serio, no se le ha visto nunca acompañado de mujer. Vive solo y no suele confraternizar con sus compañeros de trabajo ni con sus vecinos.

Han pasado seis meses de visitas y Carlos  solicita autorización para pasar unas horas fuera. 

Sentados en la arena bajo sombras bananeras y cálidos roces de escurridizas brisas Carlos tuvo un conato, un intento de coger sus manos pero le temblaban tanto que sólo llegó a rozarlas. Alba no pareció darse cuenta y disfrutaba del jugoso gorgoteo y proximidad de las olas. Carlos cada vez que la miraba veía en sus ojos la inmensidad del océano, como si tuviera la capacidad de introducir el mundo acuático en sus almendrados ojos y tanta emoción le vino encima, tan amplia sintió su caja torácica que sintió brotar llanto emocional,  nunca antes sustraídas de su foráneo ser.

Cuando Carlos hizo ademán de irse y al ayudarle a levantar, ella le miró a los ojos fijamente durante varios segundos transmitiendo con serenidad “sé que estás aquí, junto a mí”.  

De regreso Alba recibiría el primer beso en la mejilla y no sería diferente para Carlos ya que a sus cuarenta años era el primer beso que se le escapaba. Alba volvió a responder  y tras el roce de sus labios quedó un tiempo paralizada, como analizando algo grande le acababa de suceder y  volvió a mirar a Carlos con esos cristales acuáticos capaces de adentrarse en los abismos de su mente.

Tras disfrutar varios días festivos junto a Alba, Carlos estudió la forma de poder entablar conversación y comunicarse no solo con él, sino con su entorno, así que  buscó centro para que pudiera recibir Braille, lenguaje de signos y además pudiera estudiar, cubriendo el los gastos.

Alba parecía encontrarse en un mundo de fantasía, como si hubiera pernoctado toda su vida entre los muros del centro, no preguntaba los motivos por los que se encontraba allí, ni hacía mención a su familia, no recordaba el pasado y se sentía feliz.

Carlos al tiempo que ella avanzaba en clase, estudiaba el lenguaje de los signos para poder comunicarse y entenderse con ella. 

El dolor de Alba quedó sepultado de tal manera que se aferraba a su encierro, no quería volver, pero para rehabilitarse Alba tendría que afrontar y aflorar su pasado, aceptarlo, retroceder en el tiempo hasta llegar al momento en que su alma quedó varada y, tras un año de intensa terapia un domingo en que Carlos se presentó en la sala de espera con un amplio ramo de rubias margaritas se encontró a Alba que esperaba su visita impaciente “como una niña espera la visita de mamá” Alba alegre al ver llegar a Carlos saltó del asiento y corrió a su encuentro y le espetó que le dijera su nombre en el lenguaje de signos y Carlos emocionado y tembloroso al ver su actitud infantil  respondió en su mismo lenguaje: mi nombre es Cardos y Alba irrumpió a reír.

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